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Henri de Toulouse-Lautrec, La Buveuse (La bebedora)
Retrato de Suzane Valadon, 1889
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El Voyage
Comme un lampo di vita...

René Duperé

Observó los rostros distorsionados por el alcohol, y pensó que aquellos hombres, quizá, serían los únicos que en realidad podrían escucharla. Pensó que su trabajo con la compañía de ópera, en el cual había invertido tanto tiempo y constancia, no era otra cosa que el entretenimiento para algunos que percibían en su canto cierto aire de sofisticación. Eso no era lo suyo, su vida necesitaba un leve roce de abismo, una danza entre los opuestos.
El Voyage era propiedad de madame Monique, elegante matrona que fumaba unos largos cigarrillos de grácil envoltura, y festejaba a todo aquel que tenía la fortuna de compartir con ella.
—¿Un café?
Non j´aime le vin.
—Écoutez:
Mon enfant, ma soeur
Songe á la douceur
D´aller la—bas vivre ensemble!
Aimer á loisir
Aimer et mourir!
Al sentir el poema hiriendo los labios de madame Monique, y la expresión cansada de la mesera, Antonia entendió por qué aquella vida podría parecer náufraga. Al igual que ella madame Monique había estudiado en el Conservatorio de Lyon y, habiéndose convertido en una virtuosa del violonchelo, un día abandonó la academia, y envenenada por Baudelaire, pobló de música endemoniada a su chelo que ahora solamente sonaba bajo el estandarte del poeta. La mesera que ya conocía aquellos versos de memoria, le sirvió un merlot y se retiró. La gente en el Voyage, celebraba.
Antonia era soprano en una compañía de ópera desde su regreso al país, hacía diecisiete años. La música ya no era espejismo: le había mirado a los ojos y la había azotado contra el muro. Su voz, cada vez más vieja y usada, amenazaba con convertirse en tragedia.
Bonne nuit, Antonie.
—Bonne nuit, Monique.
—El vino sabe mejor con sangre, ¡le vin du solitaire!
Antonia recibió la copa que le alargaba su amiga, y se sentó. Pensó en Frank y su cobarde vida. Pensó en las cuentas que tendría que pagar. Madame Monique había continuado hablando y sus palabras se perdían con el humo de su cigarro.
Frank... Frank... pensó en el día en que lo vio por primera vez. Recordó sus ojos azules pero no pudo recordar su rostro. Escuchó su voz, aquella que incansablemente repetía su nombre... Antonia, dijo él, y su voz fue un vago recuerdo...
—Antonia, ¿me escuchas?
—Sí, te escucho.
—Mañana, a las ocho. Sé puntual.
—Cantas y después tenemos l´invitation au voyage.
Antonia no supo del todo de qué le estaba hablando madame Monique.
Mientras caminaba de regreso a su casa escuchó voces infantiles que, a lo lejos, repetían una canción de guerra. Las calles le parecieron angostas, el aire enrarecido conjuró la noche y en su mente una mariposa fue devorada por un animal mitad hombre, mitad pájaro. Al llegar, sintió alivio y rabia. Pensó en que no había comprado comida. Recordó (trató de recordar) la invitación madame Monique... l´invitation au voyage. Sonrió.
—Frank, Frank, ¿dónde estás?, ah... ahí estás, ¿qué tal tu día? ¿Por qué no me  respondes? Se me olvidaba que para tus ojos perdidos siempre existe algo más importante... Antes todo era tan distinto. ¿Tienes hambre? ¿Por qué tanto desorden? ¿Estabas esperando a que llegara? ¡Respóndeme, déjame ver tu rostro! Está bien no peleemos, más tarde me encargaré de todo. Sabes, voy a cambiar de trabajo, mandaré a la mierda a la compañía ¡voy a cantar en un burdel!, empiezo mañana.
Entró al baño y se miró al espejo. Estaba vieja y enferma. Ya era tarde para llorar: 46 años, canas, acetaminofén, valium, insomnio, melancolía, miedo. Sobre todo eso: miedo y frustración. El viento helado de la noche le trajo una melodía... Now that the time has come y quien cantaba era una mujer, quizá llena de sueños como ella hace tantos años... Soon gone is the day... There upon some distant shore... You´ll hear me say... su voz era de cristal, muy fina, como la de una maga joven y loca... Long as the day in the summer time deep as the wine—dark sea. Al fondo del espejo una mujer lloró.
Fue al estudio, se sentó al piano y dejó que sus dedos buscaran la música que iría a acompañarla la noche siguiente en el Voyage. Pensó en Lyon, en la sonrisa de madame Monique en aquellos felices años. En definitiva esos eran otros tiempos. De su piano salieron acordes disonantes y las horas se desdibujaron, lentas. Como el vino oscuro es el mar, dijo, recordando la canción, y su voz fue un ave fénix en el cielo pálido de otro amanecer.
—¿Frank? ¿Estás ahí? ¿Todavía estás despierto? Es tan difícil comunicarse contigo, nunca me respondes. ¿Lo disfrutas? Pase toda la noche sin ti. ¿Lo disfrutas?

Llegó a las ocho menos cuarto. En el  escenario del Voyage madame Monique, ofrendaba a los asiduos con su chelo, silenciándolo momentáneamente para cantar, en un francés envidiable, Obsession uno de los poemas de su bardo amado... ¡Car je cherche le vide, et le noir, et le nu!, la voz de la madame fue apenas una sombra en el recuerdo que Antonia conservaba de ella. Sólo un fantasma en su último y definitivo viaje hacia el fondo de la noche, perfecto lugar del vino...
A la hora convenida Antonia cantó. Su voz atravesó el claroscuro del Voyage imponiendo silencio en los asistentes. Su voz fue abismo, desgarramiento. Cada nota hizo parte de un laberinto en donde una bestia gimió acosada por el deseo. Antonia cantó entregada por completo a aquella noche. Cantó y no pensó en Frank, no esta vez. Nunca más volvería a pensar en Frank.
—¿Cómo te sentiste?
—Bien, Monique, bien.
—¿Sabes lo que provocas con tu canto?
—No. No sé... ¿ puedo irme?
—¿Irte?
—Si, estoy cansada.
—Nos vamos juntas... ¿recuerdas... l´invitation au voyage?
L´invitation au voyage.
—Oui.
Por mandato de madame Monique, la mesera de expresión cansada y poco afecta a Baudelaire, les sirvió una botella de merlot cosecha especial. Bebieron, hablaron de Lyon, de la música y sus antiguos anhelos, hablaron del tiempo, ese usurpador, y madame Monique preguntó:
—Antonia... ¿aún te acuerdas de Frank?
—...
—Frank, ¿recuerdas?
—No, Monique. Eso fue hace mucho tiempo.
La noche del Voyage se precipitó en busca del alba. La mesera de expresión cansada hacía rato que había despedido a los últimos clientes. Antes de marcharse les dejó sobre la mesa otra botella del merlot especial. Madame Monique sacó de su seno una bolsa de lino y extrajo un frasco. Sirvió dos generosas copas de vino y vertió el contenido fatal de aquel inesperado recipiente en cada bebida. L´invitation au voyage, dijo. L´invitation au voyage, contestó Antonia. Alzaron las copas, brindaron, bebieron y el vino fue en sus cuerpos cansados como un relámpago de vida.
A la mañana siguiente la mesera de expresión cansada recogió el libro de Baudelaire, lo guardó en su bolso, observó, por última vez los cuerpos rígidos sobre la mesa, y llamó a la policía. Y mientras tanto, muy lejos, en una angosta calle de Lyon, la lluvia repitió sobre el pavimento la cifra triste de un nombre olvidado.

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Tomado del libro: "Pisadas en la niebla / Antología de nuevos cuentistas boyacenses". Común Presencia Editores, Bogotá, 2011 Editor: Gonzalo Márquez Cristo.

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CANELA
(Sogamoso, Boyacá, Colombia)

Canela es el seudónimo de Jakelinne Rico. Egresada del Taller de Escritores de la Universidad Central de Bogotá (TEUC). Estudió Literatura en la Universidad Santo Tomás. Cantante, actriz biodramática y narradora oral. Artista en tránsito multidisciplinar. Su obra alterna entre propuestas formales del uso de la palabra y la acción / experimentación escénica y musical.
Con su poema "Cartografía secreta de Sísifo" obtuvo el Premio del Concurso organizado por la Alianza Francesa de Olavarria, centenario de Albert Camus. 
Coordinó el Taller de narración oral Conjuro para liberar la palabra de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Fue directora, así mismo, del Taller de Literatura de esa misma Universidad. Directora del colectivo Zigurat, narración oral escénica. Voz principal de La sombra del fuego, grupo de investigación en música étnica. Hizo parte del Taller de narrativa “R.H. Moreno Durán”, de la red nacional de talleres literarios - RENATA. 
Su trabajo como narradora y actriz ha sido presentado en festivales internacionales en Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, Argentina y Colombia.
Actualmente vive en la ciudad de Olavarría, Argentina, en donde continúa con su trabajo artístico y docente: ha sido Coordinadora de la Escuela Municipal de Teatro. Coordinadora del proyecto de investigación “La danza de la cicatriz” (territorios de intercambio entre cuerpo y palabra). Directora de los laboratorios de experimentación teatral, Poetry Slam y Narración oral escénica. Colaboradora en los proyectos narrativos del Jewish Braille Institute y de la Radio Jai Internacional. Cursa el profesorado de la Federación Argentina de Yoga Integral.   

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Egon Schiele, "Reclining Nude" , 1910 Mi lado femenino por Carlos Castillo Quintero P ienso que es la ocasión ide...

Egon Schiele, "Reclining Nude", 1910

Mi lado femenino
por Carlos Castillo Quintero

Pienso que es la ocasión ideal para estrenar la ensaladera grande que ella me regaló en nuestro último aniversario. Busco la receta que tanto le gusta y comienzo la preparación. Pico la lechuga romana, la cebolla, los pimientos, los tomates y el pepino. Mezclo los colores igual a como ella lo hace cuando está al frente de un lienzo y miro el resultado: bien. Añado el queso y las aceitunas. En otro tazón preparo el aderezo: aceite de oliva, orégano, jugo de limón y pimienta negra. Pongo todo en la nevera y la llamo. No contesta.
Me sirvo un vino y espero. En el computador suena Just like a Woman, por quinta vez. No me gusta Bob Dylan, pero a ella sí. Le subo el volumen. No teníamos una cita, ni nada parecido, pero ella sabe que esta fecha es importante para mí: hoy hace tres años me convertí en lo que soy.
—¿Tu lado femenino?
Pasada la sorpresa inicial, me dio todo su apoyo. Luego vinieron las operaciones, los cambios, y las cosas salieron muy bien. Ahora soy una mujer casi tan linda como ella, incluso nos parecemos. 
La llamo de nuevo y no contesta.
Pongo la mesa. Su puesto es el de siempre, frente a la ventana, allí donde puede ver las estrellas y las luces de los edificios del centro. Brindamos. Como despacio con la ilusión de que todavía hay tiempo para que llegue. Sé, sin embargo, que no vendrá: así fue el año pasado, y el anterior. Le ofrezco otro vino y con voz entrecortada hago la pregunta que no le gusta:
—¿Podemos ser amigas?
Bob Dylan canta y nadie lo escucha.


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Bronze statuette of a pantheress  / Date:1st–2nd century A.D. / Culture:Roman The Metropolitan Museum of Art LA POÉTICA DEL VIAJE ...


Bronze statuette of a pantheress  / Date:1st–2nd century A.D. / Culture:Roman
The Metropolitan Museum of Art


LA POÉTICA DEL VIAJE Y EL AMOR

EN CARLOS CASTILLO QUINTERO


Por Álvaro Neil Franco Zambrano
Magister en Literatura / Profesor UPTC

Los poemas del libro inédito Noches con cerrojo, de Carlos Castillo Quintero (Miraflores, 1966), atraviesan como un cometa las fronteras establecidas por los géneros. Es así como el poeta se vale de los fragmentos del diario de Walter Gripp (Ese hombre emparentado con la soledad, con el pueblo blanco de Joan Manuel Serrat, con las montañas azules que Bradbury pobló de desamor y silencio, con el paracaídas de Huidobro cayendo infinitamente hacia el horror de Ryunosuke Akutagawa), para emprender un viaje que lo llevará a navegar por los altos cielos de la poesía. Nótese que no se trata de la totalidad del libro, sino de sus fragmentos. Hecho que sugiere, por una parte, selección, tamizaje; por otra, condensación de la palabra acariciada por el murmullo del silencio.
     Es entonces desde estas orillas rumoradas por el universo de la prosa poética desde donde nos habla el Capitán John Black, quien más que capitán semeja un chamán revelando el camino de los sueños. Capitán cuyas estrellas brillan y se oxidan en el mar del recuerdo y la arena del olvido. Capitán con espíritu de pirata que orienta su vuelo poético gracias al valor y el resplandor de los sentidos. John Black como Héctor Rojas Herazo tiene por patria un puñado de desdicha, de infancia floreciendo como un cachivache en los patios de la nostalgia. Su estribillo  preferido: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba, me lleva a imaginar un cuervo en su hombro izquierdo, una antigua trova cubana que es una brisa para el alma.
     La poética del viaje de Carlos Castillo Quintero también aborda las vicisitudes de un Ulises que navega de forma simultánea por diferentes tiempos. Héroe moderno (a la manera de James Joyce) salvado del naufragio por un madero de evocaciones que tienden a la infancia y a tradiciones populares que conservan el sabor de la vida. Es importante señalar que este viaje tiene como puerto de partida un libro y como brújula las alas de la imaginación; acaso el áncora sean los locos, los fantasmas que presienten la ausencia del canto de las sirenas donde lo único que se escucha es el silencio, el ostracismo al que ha sido condenado el milagro de la poesía, los escombros sembrados por el aliento de los asesinos, pero por sobre todo esa música triste que interpretan las ventanas donde mueren los girasoles de van Gogh. Música que recuerda el bar de la 148 donde Sammy toca el contrabajo y Penny Shannon se abraza a la derrota del hijo que no pudo ser: “Sé que ella tiene el nombre de un bebé tatuado en su vientre”.
     En los poemas titulados Una promesa y Octaedro del libro Sin el azul del día (premio CEAB, 2007), el viaje continúa su destino hacia el reino de los muertos; solo que el amor que es más grande y poderoso que el mar y que todos los ríos que van a morir en la ebriedad de sus aguas, le tiende al poeta un puente de infinitas posibilidades para que, como Rimbaud, purifique su alma y pueda acceder a esa luz donde Orfeo vislumbró el paraíso, para que al igual que Sherezada, la muerte se entretenga con el hilo de un verso que entreteje la vida. Amor sin el cual las manos se convierten en una paloma solitaria cuyos mensajes orientan su rumbo hacia la incertidumbre. Sensualidad vestida de amor y desnudez que se queda esperando la llegada puntual de un adiós.
* * *

SELECCIÓN DE POEMAS

De: Sin el azul del día

UNA PROMESA

Y si por un río secreto
navegan desnudos los muertos
y un barquero ciego los guía
y, como corresponde,
se queda con el cobre prensado
que los deudos ponen en los ojos
de aquellos navegantes. A ese río,
y a ese barquero
habré de enviar
el agua taciturna que amanece
en mi rostro ―la carroña―
el canto maldito que insiste
y, si es necesario,
me abriré una ventana en el pecho
para que salga
lo que de sombra quede
lo que te dañe
lo que no te guste
la piel usada, el corazón
y la palabra herida
habré de condenar al fúnebre destierro
con una bolsa de monedas
de oro puro que gratifique
el triste adiós que desteje ese río
y la incesante noche del ciego.

OCTAEDRO

I
Quisiera hallarle utilidad,
un destino, a mi mano sin ti.

II
Y el amor que se hunde, se asfixia, se muere
en el gélido mar de la ausencia,
su cadáver
¿Sirve para alimentar a los peces?

III
La música va por la habitación, se desliza,
a palos de ciego te busca y regresa,
triste, sola,
la música...

IV
Voluptuosa, abierta a la piel que acecha,
ebria, con una luna nueva en el pecho,
bella e inútil
esta noche en la que no estás.

V
¿Qué caminos has ido a recorrer
de los trazados en las líneas de tu mano?

VI
Quizá otro deambule por el macramé pétreo de la casa,
y tropiece, sin hilo, sin brújula,
sin atreverse a consultar el mapa del cielo.
Quizá también huya del espejo y se crea,
como yo,
único dueño de tu laberinto.

VII
Y si una tarde en un cruce de caminos,
en una calle alguien te roza.
Y si ese roce casual te detiene,
si te miran y miras,
si naufragas en esa mirada...
¿A dónde mi ruta?

VIII
No interesa ya, la extensión del paraíso.

* * *
De: Noches con cerrojo

ELEGÍA
De pronto todo el árbol está temblando
y no hay señales del viento.
Charles Simic

Esa muchacha que desde el comienzo del día ha repetido tu nombre.  
     La que hoy deslizó bajo tu puerta un papelito que dice:
«Haré lo que sea para que esto funcione».
     La del fuego pintado en los ojos, la de senos afilados y blancos,
la triste.
     Esa que nadó contigo allá en el lejano mar de la infancia
cuando todavía ignorabas que no había nada para ti.
Anda, ve con ella y no temas.
     Busca la taberna más próxima y emborráchate hasta caer.
     Pero antes invítala a bailar, tómala de la cintura,
ignora su temible cabellera olorosa a crisantemos
y entrégate,
cuéntale tu dolor.
     Vencido,
reclina tu frente sobre sus hombros de marfil
y cuando ya no te habite el nombre ni el rostro de nadie
y el rencor haya cesado,
canta con ella una tonada llena de melancolía
una que te recuerde que este será tu último crepúsculo
y estas las últimas botellas que dejarás vacías en una mesa.
     Mira una vez más la ventana
a donde seguirá llegando el jilguero del alba,
y después entrégale tus ojos para siempre.
     Reconoce la fortuna de tenerla entre tus brazos,
acerca tus labios a su oído y dile con voz dulce:
«Haré lo que sea para que esto funcione».
     Y no olvides ni por un momento que esa flaca,
desde temprano,
ha estado reuniendo las letras de tu nombre, que te llama.
     Responde ya a su llamado, porque no está bien
que le hagas esperar.
     Recuerda que no eres el único, ni el más bello, ni el más deseable.
     ¡Contéstale!, porque es posible que ella se canse
y la veas partir para siempre,
alta,
diáfana,
distante ya de tu corazón.
     Y que nunca más pregunte por ti.
Si esa muchacha pronuncia tu nombre otra vez,
si su voz acalla los ruidos que trajinan la noche,
apresúrate,
y ve con ella antes de que sea tarde.


BITÁCORA DEL FIN

Entonces el océano reveló su grandeza.
Henri Michaux
    Todo en este viaje, es ajeno.
   Yo, Ulises, permanezco atado al mástil de mi barco pero no escucho el canto de las sirenas. No hay sirenas, no hay barco.
    Nada ha sido mío.
    Las mujeres que amé y que me amaron, amor espurio que se fatiga hoy en otro lecho. En el televisor de una tienda de barrio, el Titanic naufraga otra vez.
  Afuera el invierno se va y los árboles estrenan nuevas hojas. Sobre la mesa de noche permanece un libro que habla de viajes. Un cielo que no conozco se agita en esas páginas gastadas. Un pájaro azul.
  Sé que tuve dos hijas que en la noche de año nuevo le daban la vuelta a la manzana cargando una maleta llena de girasoles. Sé que el viento ha extraviado sus postales. Recuerdo un patio, un triciclo, la sombra de un gato amarillo que todavía duerme a los pies de mi cama. Recuerdo el arcoíris que nacía en la olla de oro de un duende.
   Nada ha sido mío.
   Una anciana le reza a un judío muerto. «Los comedores de patatas» de Vincent Van Gogh interrumpen su cena y la miran con desdén. ¿Quién es esa niña que durante todos estos años ha ocultado su rostro? Quisiera rezarle a algún dios, pero ya ninguno quiere tratos conmigo.
  Viví en una ciudad fría de calles inclinadas que con sus diecisiete campanarios, durante siglos, ha esclavizado a sus fieles. Viví en un pueblo en donde en lugar de molinos había gigantes; allí, todos los domingos, el Crucificado bajaba de su madero y comía masato y galletas con los niños que salían de misa.
   Recuerdo la sonrisa de mi mamá, sus manos que a diario recomponían una casa habitada por fantasmas. Recuerdo los lirios del campo que brotaban de sus dedos como si fueran maleza. El ruido de una guadaña cruza la tarde como un río y un cardumen de pequeños peces alados atraviesa mis ojos.
   Nada ha sido mío.
   Sé de un poeta centenario que fue olvidado por la Muerte y que transita por las calles de una ciudad que no lo reconoce. Sé de uno que se baña en las aguas oscuras del crimen y amanece limpio como un niño que va a su primer día de escuela. Sé que el poeta y el niño son el mismo.
   Las ruinas de una fiesta se han anclado en mi ventana.       Una guitarra. Unas voces ásperas que hablan de Nueva York. El humo púrpura de un tabaco huye de los labios de una mujer joven que entona una canción triste. Sé que ella tiene el nombre de un bebé tatuado en su vientre.
   Yo, Ulises, permanezco atrapado en una habitación acosada por las termitas, paredes de alquiler en donde aguardo el fin del mundo.

* * *
Del Diario de Walter Gripp

DÍA UNO

El zepelín cruzó la niebla. Miré hacia abajo y el cielo se había ido.
Rashomon aguardaba: dejé los cadáveres junto a los otros y me dispuse a regresar.
Antes, vi a una mujer blanca. Estaba desnuda confundida con los cuerpos. No tenía cabellera, ni dientes.
Con voz ronca pronunció: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
No entendí. Es decir, escuché la frase pero no supe qué significaba.
Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche, repitió la vieja y soltó una carcajada. Su risa invadió todo.
El zepelín intentó remontar el vuelo, pero aquella risa no lo dejó.
C
a
í
Me arrastré hasta la escalera y busqué una luz para encarar la sombra. Cansado, me recosté contra un muro oloroso a excremento.
Un sopor me invadió. Antes de entregarme al sueño sentí que un animal ancestral se arrimaba contra mi pecho. Sentí su aliento enfermo.
Escuché que decía: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche...
Después otra vez la carcajada.

DÍA TRES

En la entrada se presentía el primer escalón.
Comencé a descender y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Comprobé que la escalera parecía una escultura sin sentido, el producto inenarrable de una mente enferma.
Seguí bajando por aquella pesadilla. Escher en su tumba encendió un zippo, y sonrió.
Al final, como era de suponer, no había nada, apenas un negro profundo.
Me acurruqué y me puse a llorar. No como un niño, sino como un hombre que ve el horizonte ahogado en sus ojos.
Estuve así durante horas…
Cuando levanté el rostro noté que no era yo quien lloraba.
Ahí, al otro extremo de la sombra, estaba ella: bonita y triste, apenas cumplida su mayoría de edad ―acurrucada― llorando como una niña y con el horizonte sitiándole los ojos.
Me miró. La miré. Y juntos miramos hacia arriba, buscando la escalera: no estaba, o no la vimos, o, quizá, Maurits Cornelis Escher la estaba usando en ese momento.
Entonces, lloré de verdad.

DÍA SIETE

Declaración del Capitán John Black:
Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.
Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.
Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.
¿Quién más podría ser?
Todavía conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.
Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.
Mi casa es un montículo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.
He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.
(Una anciana escupe sobre mi nombre)
Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.
Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.
No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.
Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.

DÍA CUARENTA

(Suena: La Mer – Charles Trénet)

Con Rose habíamos hablado de la Señora Muerte:
Será en esa playa que conoces, allí a donde no van los bañistas, en donde atracan pequeñas naves de pescadores y una morena feliz atiende un restaurante que es un prodigio.
Una tolda, una silla y un hombre negro que a diez pasos me sonreirá, confiado en mi dinero hacia el final de la tarde. Una infinita cerveza fría, y un paquete de cinco Cohíbas que habré comprado, de contrabando, a un hombrecito que habrá jurado que es cubano, como los Cohíbas.
Debajo de mis lentes oscuros, mis ojos cerrados estarán leyendo por centésima vez el libro que tengo abierto entre mis manos: Muerte en Venecia.
Tomaré las pastillas, despacio, entre una cerveza y otra, entre un puro y otro… tomaré sesenta que es un número mágico y cuando empiece a sentirme mal, cuando el sol esté maduro y se precipite al mar iré tras él, con el último puro entre mis dedos ―ahora sí el último― y con la última cerveza que quizá ya no beba, me iré para siempre.
En la playa quedará la tolda, la silla vacía, y el libro abierto con el lomo hacia el infinito, atascado en la página 141 en donde acaso alguien lea:
«Allí se detuvo un momento, con el rostro vuelto hacia la anchura del mar, luego empezó a caminar lentamente, por la larga y angosta lengua de tierra, hacia la izquierda. Separado de la tierra por el agua, separado de los otros por un movimiento de altanería, su figura se deslizaba aislada y solitaria, con el cabello flotante, allá por el mar, a través del viento, hacia la neblina…»
Y sobre el libro, apisonado por un invisible reloj de arena que en vano tratará de frenar el final, aguardará el dinero para el hombre negro que, quizá, aguarde por mí hasta que la noche venga y lo jale hacia su noche.
Y la música se confundirá con el mar en un solo silencio.

* * *